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El guardián del tiempo
22 de enero de 2010 Historias

Centinela del tiempo

El taller de reparaciones Audemars Piguet restaura modelos que con frecuencia tienen más de cien años. Su jefe de taller, Francisco Pasandin, es garante de un savoir-faire relojero en vías de desaparición.

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“Hace seis meses que trabajo en este modelo que fue realizado entre los años 1870 y 1890”, comenta Francisco Pasandin, quien trabaja en la empresa desde 1980 y es responsable del taller de reparación y restauración de Audemars Piguet desde hace siete años. En su mano (protegida con un guante) lleva con firmeza un reloj de bolsillo excepcional equipado con nada más y nada menos que un segundero muerto independiente, un segundero fulminante, una repetición de minutos, un doble huso horario, las fases de la luna, un termómetro con la escala Réaumur, la fecha y los días.

“Ya no funcionaba”. Tuve que analizar con paciencia cada complicación para comprender cuál era el problema”. Por lo general, se necesita entre 100 y 300 horas de trabajo para volver a poner en marcha uno de estos relojes de época. Todo depende de los daños  que presente, los que por lo general fueron causados por otros relojeros: “Por ejemplo, para restaurar un tornillo rayado por el uso de un destornillador inadecuado necesito un poco más que un cuarto de hora. Si pensamos que en un reloj de bolsillo hay más de cien, se dará cuenta que sólo esta operación puede tomar mucho tiempo. Sin contar las ruedas dañadas, los pivotes rotos y algunas aberraciones como las piezas pegadas de un movimiento. Por lo general, hay que desmontarlo todo y empezar de cero”, explica el especialista.

Su equipo, que está compuesto por una decena de relojeros polivalentes, realiza piezas muy complejas íntegramente elaboradas a mano y perfectamente dominadas en todas las etapas. Desde la elaboración de la materia hasta la realización de los bocetos de la piezas y el acabado del reloj. “Los gestos y las herramientas son las mismas que hace cien años. Tenemos maquinas muy modernas, pero la manera de realizarlos sigue siendo ancestral”, sonríe el apasionado que anota este savoir-faire técnico en los cuadernos de apuntes para poder, algún día, transmitírselo al relevo.

Los armarios del taller también son testigos de los tesoros del tiempo. En ellos encontramos muchas cajas dispuestas unas sobre otras, en las que los maestros relojeros del siglo XIX archivaban los componentes. Los elementos que contienen pueden ser restaurados para reemplazar algunas piezas irreparables y hacer palpitar nuevamente el corazón de un reloj centenario.